Egipto, de Seramón a Ankhpakhered

Vistas de los templos de Amón en Karnak (arriba) y en Tanis (abajo)

Vistas de los templos de Amón en Karnak (arriba) y en Tanis (abajo)

Los reinados de los Amenofis, Tutmosis y Ramsés han quedado en la memoria como el período más glorioso de la historia del Egipto faraónico. Su desbordante creación intelectual y artística, difundida por todo el Cercano Oriente, y su dominio de Nubia al sur y de Canaán y Jordania al este señalan esta época del Reino Nuevo, y en particular el reinado de Ramsés II, como la del apogeo del poderío egipcio. Sin embargo, a partir del final del reinado de Ramsés III el poder real se debilita tanto en el interior como en el exterior.

Ante la decadencia del poder faraónico, en Tebas los sumos sacerdotes de Amón se apoderan progresivamente de ciertas prerrogativas claramente regias y llegan a instalar una especie de Estado dentro del Estado.

Así, alrededor del año mil a.C. comenzó el Tercer Período Intermedio. Por tercera vez Egipto conocía un período de crisis y mutación. A lo largo de cuatro siglos el país vio alternarse las tomas de poder desde el sur y el norte, y sucederse –y a veces reinar a un mismo tiempo– diferentes dinastías.

En efecto, a partir del año 945 los militares libios toman el poder; dominarán Egipto hasta 730. Las dinastías «libias» XXII y XXIII conseguirán reunificar el país y lo gobiernan con máximo respeto de las tradiciones faraónicas.

Los reinados de los Amenofis, Tutmosis y Ramsés han quedado en la memoria como el período más glorioso de la historia del Egipto faraónico. Su desbordante creación intelectual y artística, difundida por todo el Cercano Oriente, y su dominio de Nubia al sur y de Canaán y Jordania al este señalan esta época del Reino Nuevo, y en particular el reinado de Ramsés II, como la del apogeo del poderío egipcio. Sin embargo, a partir del final del reinado de Ramsés III el poder real se debilita tanto en el interior como en el exterior.

Ante la decadencia del poder faraónico, en Tebas los sumos sacerdotes de Amón se apoderan progresivamente de ciertas prerrogativas claramente regias y llegan a instalar una especie de Estado dentro del Estado.

Así, alrededor del año mil a.C. comenzó el Tercer Período Intermedio. Por tercera vez Egipto conocía un período de crisis y mutación. A lo largo de cuatro siglos el país vio alternarse las tomas de poder desde el sur y el norte, y sucederse –y a veces reinar a un mismo tiempo– diferentes dinastías.

En efecto, a partir del año 945 los militares libios toman el poder; dominarán Egipto hasta 730. Las dinastías «libias» XXII y XXIII conseguirán reunificar el país y lo gobiernan con máximo respeto de las tradiciones faraónicas.

Pero ya desde de la primera mitad de este período estallan las rivalidades en el seno mismo de la familia real y el poder se debilita rápidamente hasta desembocar en lo que a veces se ha llamado «la anarquía libia»: cuarenta años de conflictos que hacen, una vez más, que la región tebana recupere su autonomía. Al mismo tiempo, Nubia –el país de Kush– había visto asentarse una poderosa dinastía que, bajo la dirección de su caudillo Piankhy, se apoderó del poder egipcio, fundando la XXV dinastía, y dominó el valle del Nilo desde Napata hasta el Mediterráneo. Sin embargo los gobernantes de Sais, una de las grandes metrópolis del Delta, se rebelan y bajo la dirección de Boccoris establecen la muy efímera XXIV dinastía. Los kushitas retroceden entonces hasta Tebas. Bajo la dirección del nubio Taharka, gobiernan Egipto hasta Menfis. El gobernador de la Tebaida, cuarto profeta de Amón y príncipe de la Ciudad (Tebas), Montuemhat, alcanzó el poder y durante la década de su «reinado» el Alto Egipto conoció un período de calma y prosperidad Taharka, sin embargo, no pudo rechazar una penetración de los asirios hacia el Delta y es el gobernador de Sais, Psamético I, quien devuelve la paz a un Egipto finalmente reunificado, después de que el propio Montuemhat reconozca en 656 a.C. la autoridad de este Psamético.

Los cuatro siglos que separan el Egipto de Seramón del de Ankhpakhered parecen una caótica sucesión de luchas por el poder, desequilibrio político y social, y hasta de momentos de anarquía. No obstante, la fuerza de los valores faraónicos es tal que la cultura y las creencias egipcias viven entonces un período evolutivo particularmente fecundo.

Fuente: Extracto del Catálogo de la exposición “El Enigma de la Momia: el rito  funerario en el antiguo Egipto”

Annie Gasse Investigadora (DR) del CNRS, Univesrsidad Paul Valéry – Montpellier III (equipo de investigación «Egipto nilótico y mediterráneo», UMR 140 «Arqueología de las sociedades mediterráneas»)

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3 comentarios sobre “Egipto, de Seramón a Ankhpakhered

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